“He Aquí, Yo Envío Mi Mensajero, El Cual Preparará El Camino Delante De Mi”

¡Ese día ha llegado! En esta edad, hemos visto el regreso del espíritu de Elías. Él desafió el sistema denominacional moderno; él se paró en contra de los pecados del mundo; él mostro incontables señales y maravillas; él predicó la Biblia palabra-por-palabra, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. El profeta de Malaquías 4 vino como fue prometido, y trajo un Mensaje del Trono del Dios Todopoderoso. El nombre de ese profeta es William Marrion Branham. Nosotros le llamamos “Hermano Branham”.

 

Nunca un hombre había impactado al mundo de tal manera desde que el Señor Jesucristo caminó sobre la tierra. De un origen muy humilde, en una cabaña de una sola habitación en las montañas de Kentucky, hasta Amarillo, Texas donde el Señor se lo llevó a casa, su vida fue marcada continuamente por eventos sobrenaturales. Por dirección del Ángel del Señor en 1946, el ministerio del Hermano Branham produjo una chispa que encendió un periodo de grandes avivamientos de sanidad que abarcó América y al resto del mundo. Hasta este día, él es reconocido por los historiadores Cristianos como el “padre” y “referente” del avivamiento de sanidad de los años 50, que transformó la Iglesia Pentecostal y finalmente permitió que surgiera el movimiento carismático, que hoy influencia a casi toda denominación protestante. Sin embargo, tal como en el pasado, las denominaciones rechazan sus enseñanzas y niegan su comisión.
Dondequiera que fue, Dios probó que el Hermano Branham es el profeta para esta generación. Así como con Job, el Señor le habló desde un torbellino; como con Moisés, la Columna de Fuego fue vista guiándolo; como Micaías, él fue deshonrado por el clero. Así como Elías, él fue un hombre del desierto. Tal como Jeremías, él fue comisionado por un Ángel; como Daniel, él vio visiones del futuro; como el Señor Jesús, él pudo conocer secretos del corazón; y como Pablo, él sanó a los enfermos.
“Cuando nací en una pequeña cabaña en las colinas de Kentucky, el Ángel del Señor entró por la ventana y se posó allí. Era una Columna de Fuego”.
El amanecer comenzaba a romper la oscuridad del frío cielo de abril. La única ventana, de madera, fue abierta para dar entrada a la luz de la mañana en esa pequeña cabaña de una sola habitación. Un petirrojo junto a la ventana parecía especialmente emocionado en esa mañana y cantaba lo que más podía. En la cabaña, un joven Charles Branham, metió las manos en su nuevo overol y miró allí a su esposa de 15 años. “Llamaremos su nombre, William”, dijo el padre.
Una Luz sobrenatural entró por la ventana. La Luz se movió por la habitación y estuvo suspendida sobre la cama donde el bebé acababa de nacer. Ésta fue la misma Luz que sacó a los hebreos de Egipto. Era la misma Luz con la que Pablo se encontró camino a Damasco. Y la misma guiaría a este bebé a llamar la Novia de Cristo a salir del mundo. Esa Luz fue nada menos que el Ángel del Señor, la Columna de Fuego; y una vez más se había hecho visible al hombre.

Y adentro, en esta pequeña cabaña, esa mañana, 6 de abril, la partera abrió la ventana dejando entrar el brillo de la luz para que mamá y papá me vieran. Entonces una Luz del tamaño como de una almohada entró remolineando por la ventana. Giró alrededor donde yo estaba, y bajó sobre la cama. Varias personas de la montaña estaba allí parados; estaban llorando.

 

No pasó mucho tiempo para que el Ángel del Señor visitara de nuevo al niño, William Branham.
Siendo un niño, el Ángel le habló por primera vez, diciéndole que viviría cerca de una ciudad llamada New Albany. Él entró a casa y le contó a su madre lo que acababa de suceder. Como cualquier madre, ella no le dio mucha importancia a la historia y lo acostó para calmar sus nervios. Dos años después, su familia se trasladó a Jeffersonville, Indiana, sólo a unas millas de la ciudad de New Albany, al sur de Indiana.
El Ángel le habló nuevamente al joven profeta unos años más tarde. Era un día despejado de septiembre, el sol cálido brillaba a través de las pintorescas hojas de otoño. El muchachito cojeaba por el camino mientras cargaba dos cántaros de agua. Un pedazo de mazorca amarrado debajo de su dedo lastimado evitaba que tocara la tierra. Él se sentó para reposar bajo la sombra de un álamo. Las lágrimas llenaban sus ojos mientras lloraba por tan mala fortuna: sus amigos disfrutaban de un día de pesca, y él estaba allí obligado a cargar agua para su padre. De repente, un viento comenzó a remolinear allí en el árbol, encima de él. Se limpió los ojos y se puso de pie. Escuchó el sonido de las hojas en el viento…pero no había viento. Él levantó la mirada, y como a la mitad del álamo, algo estaba haciendo girar las hojas secas.

De pronto, una Voz habló: “No bebas ni fumes, ni de ninguna manera deshonres tu cuerpo, porque habrá una obra para ti cuando tengas mayor edad”. Muy asustado, el niño de siete años soltó los cántaros y corrió donde su madre.

Semanas más tarde, él jugaba a las canicas con su hermano menor. Una sensación extraña se apoderó de él. Al mirar hacia el Río Ohio, vio un hermoso puente. Dieciséis hombres perecieron al caer mientras el puente iba expandiéndose sobre el río. El joven profeta había visto su primera visión. Le contó a su madre, y ella escribió su relato. Años después, 16 hombres perecieron al caer mientras se construía el puente Second Street, de Louisville, Kentucky, sobre el Río Ohio.
Toda su vida, el Hermano Branham anheló estar en el desierto. A la edad de 18 años, se fue de Indiana a las escabrosas montañas del oeste. Su estadía en Arizona no duró mucho, pues se vio obligado a regresar.
Un día, decidí que había encontrado la manera de deshacerme de ese llamado. Me iría al oeste para trabajar en un rancho. Amigo, Dios es tan grandioso allá como en cualquier lugar. Que esta experiencia le sirva: cuando Él llame, respóndale.
Una mañana de septiembre de 1927, le dije a mi madre que iba a acampar a Tunnel Mill, aproximadamente a catorce millas de Jeffersonville, donde vivíamos en ese tiempo. Mis planes ya eran viajar para Arizona con algunos amigos. Cuando mamá recibió noticias mías, no me encontraba en Tunnel Mill sino en Phoenix, Arizona, huyendo del Dios de amor. La vida en el rancho fue muy buena por un tiempo, pero pronto perdió su atractivo, como sucede con cualquier otro placer del mundo. Pero aquí quiero mencionar que, gloria a Dios, la experiencia con Jesús es más y más dulce con el tiempo y no pierde su atractivo. Jesús siempre da perfecta paz y consuelo.
Muchas veces escuché el viento soplar entre las alturas de esos pinos. Era como si pudiera escuchar Su Voz llamando del bosque, diciendo: “Adán, ¿dónde estás?”. Las estrellas parecían estar tan cerca que casi se podían tocar con las manos. Dios parecía estar muy cerca.
Los caminos del desierto son algo muy especial en esa región. Si Ud. llega a salirse del camino, fácilmente se perderá. Con frecuencia los turistas ven pequeñas flores del desierto y se salen del camino para cogerlas. Quedan errantes por el desierto y se pierden, y muchas veces mueren de sed. Y es lo mismo en el caminar Cristiano – Dios tiene un camino. Lo menciona en Isaías, el capítulo 35. Es llamado “Camino de Santidad”. Muchas veces los pequeños placeres del mundo lo sacan a uno de ese camino. Es entonces cuando uno pierde su experiencia con Dios. Cuando uno está perdido en el desierto, a veces aparece un espejismo. Para la gente que muere de sed, el espejismo será un río de agua o un lago. Muchas veces las personas corren hacia ellos y caen allí sólo para encontrar que se bañan en arena caliente. Con frecuencia el diablo les presenta algo que él dice que es para pasarlo muy bien. Esto sólo es un espejismo, algo que no es real. Si le presta atención, Ud. se encontrará con la cabeza llena de tristeza. No lo escuche a él, amado lector. Créale Ud. a Jesús quien le brinda agua viva, a todo aquel con hambre y sed.
Un día recibí una carta de casa informándome que uno de mis hermanos estaba muy enfermo. Era Edward, el que me seguía. Desde luego, no pensé que era algo grave, y creí que se recuperaría. Pero una tarde, días después, cuando llegaba de la ciudad, al pasar por el comedor del rancho, vi un papel sobre la mesa; lo tomé. Decía: “Bill, ven a los prados del norte. Muy importante”. Después de leer la nota, fuimos al prado con un amigo. La primera persona que salió a encontrarme fue un viejo llanero solitario que trabajaba en el rancho. Su nombre era Durfy, pero le decíamos “Pop”. Con tristeza en el rostro, me dijo: “Billy, muchacho, te tengo malas noticias”. Para ese momento se acercó el capataz. Me dijeron que acababa de llegar un telegrama, informándome de la muerte de mi hermano.
Estimado amigo, quedé inmóvil por un momento. Fue la primera muerte en nuestra familia. Pero quiero decir que lo primero que pensé fue si él estaría preparado para morir. Me di la vuelta y mirando sobre esa pradera dorada, las lágrimas me rodaron por las mejillas. Me venían esos recuerdos, de niños, de cómo habíamos luchado juntos y lo difícil que había sido para nosotros.
Íbamos a la escuela con muy poco para comer. Los dedos de los pies saliendo de nuestros zapatos y teníamos que usar abrigos viejos cerrados hasta el cuello por no tener camisas. ¡Cómo recuerdo un día que mamá nos tenía una pequeña cubeta con palomitas de maíz! Nosotros no comíamos con los demás niños; comida como la de ellos estaba fuera de nuestro alcance. Siempre íbamos más allá de la colina y comíamos. Recuerdo el día que tuvimos las palomitas, pensábamos que era un verdadero premio. Entonces para asegurar mi porción, salí antes del mediodía y tomé un buen puñado antes de que mi hermano tomara su porción.
Y parado allí mirando esa pradera dorada por el sol, recordé todas esas cosas y pensé si Dios lo había llevado a un mejor lugar. Nuevamente Dios me volvió a llamar, pero como de costumbre, escogí rechazarlo.
Me preparé para venir a casa para el funeral. Cuando el Rev. McKinny de la Iglesia de Port Fulton, que fue como un padre para mí, predicó en su funeral, mencionó que “Aquí pueden haber algunos que no conocen a Dios, si es así, acéptenlo ahora”. ¡Oh, cómo me aferré de mi asiento, Dios de nuevo lidiaba conmigo! Estimado lector, cuando Él llame, respóndale.
Nunca olvidaré cómo mis pobres papá y mamá lloraron después del funeral. Yo quería regresar al oeste, pero mamá me rogó tanto que me quedara, que cedí si encontraba empleo. Pronto encontré empleo en la Compañía de Servicios Públicos de Indiana.
Pasados cerca de dos años, mientras probaba medidores en el taller de la compañía Gas Works de New Albany, sufrí envenenamiento por gas, y estuve enfermo por semanas. Fui a todos los médicos que conocía; no encontraba alivio. Sufría acidez estomacal, por los efectos del gas. Mi condición empeoraba. Fui llevado a los especialistas de Louisville, Kentucky. Finalmente dijeron que era mi apéndice y que necesitaba de una operación. Yo no lo podía creer, pues no había tenido dolor en el costado. Los médicos dijeron que no podían hacer más por mí hasta que me operara. Más tarde accedí a tenerla, pero insistí en que usaran anestesia local para poder ver la operación.
¡Oh, yo quería a alguien a mi lado que conociera a Dios! Creía en la oración más no podía orar. Entonces el ministro de la Primera Iglesia Bautista me acompañó en la sala de operación.
Cuando me llevaron de la mesa a mi cama, sentí que cada vez me debilitaba más y más. El corazón a duras penas latía. Sentí que la muerte se acercaba. La respiración se hacía más y más entrecortada. Sabía que había llegado al final del camino. ¡Oh, amigo, espere que Ud. alguna vez llegue allí, pensará bastante en las cosas que ha hecho! Sabía que yo nunca había fumado, bebido ni había tenido hábitos inmundos, pero sabía que no estaba listo para encontrarme con mi Dios.
Amigo mío, si Ud. sólo es un miembro frío y formal de iglesia, cuando llegue al final del camino Ud. sabrá que no está listo. Entonces, si eso es todo lo que sabe de mi Dios, le pido que aquí mismo se ponga de rodillas y le pida a Jesús que le dé esa experiencia del nuevo nacimiento, como se lo dijo a Nicodemo en Juan capítulo 3, y ¡oh cómo sonarán las campanas de gozo! Gloria a Su Nombre.
La habitación del hospital oscureció, como si me encontrara en un gran bosque. Escuchaba el viento que soplaba entre las hojas, pero parecía muy distante en el bosque. Uds. probablemente han oído el viento soplar las hojas, mientras va acercándose más y más a uno. Pensé: “Bueno, ésta es la muerte que viene por mí”. ¡Oh!, mi alma se iba a encontrar con Dios, quise orar pero no pude.
Entre más se acercaba, más y más fuerte sonaba. Las hojas sonaron, y de repente, ya no me encontraba allí.
Me pareció entonces, que de nuevo era un muchachito descalzo, parado allá en la calle Lane debajo del mismo árbol. Oí esa misma Voz que dijo: “Nunca bebas ni fumes”. Y las hojas que oía eran las mismas que eran sopladas estando debajo de ese árbol aquel día.
Pero esta vez la Voz dijo: “Te llamé y tú no fuiste”. Repitió eso por tercera vez.
Entonces dije: “Señor, si eres Tú, permíteme regresar de nuevo a la tierra, y predicaré Tu Evangelio desde los techos de las casas y desde las esquinas de las calles; ¡les hablaré a todos de esto!”
Una vez que pasó esta visión, vi que nunca me había sentido mejor. El cirujano aún estaba en el edificio. Vino a verme y quedó sorprendido. Me miró como pensando que yo debía estar muerto, entonces dijo: “No soy un hombre de ir a la iglesia, tengo muchos pacientes, pero sé que Dios ha visitado a este muchacho”. El por qué lo haya dicho, no lo sé. Nadie había comentado algo al respecto. De haber sabido entonces lo que sé ahora, me hubiera levantado a gritos de esa cama glorificando Su Nombre.
Después de unos días me permitieron regresar a casa, pero aún seguía enfermo y tuve que usar lentes para el astigmatismo. Me temblaba la cabeza cuando miraba algo por un momento.
Comencé a buscar a Dios. Fui de iglesia en iglesia, queriendo encontrar algún lugar donde tuvieran un llamado al altar a la antigua; lo triste es que no lo pude hallar.
Me dije que si llegaba a ser un Cristiano, lo sería genuinamente. Un ministro que me oyó hacer el comentario dijo: “Mira, Billy, muchacho, te estás desviando al fanatismo”. Le dije que si entraba a una religión, yo quería sentirla cuando viniera, así como fue con los discípulos.
¡Oh, gloria a Su Nombre! Más adelante conseguí una religión y aún la tengo, y con Su ayuda, siempre la tendré.
Un día sentí tanta hambre de Dios, y de una experiencia real, que salí al viejo cobertizo en el patio de la casa e intenté orar. Yo no sabía orar en ese tiempo, así que sólo empecé a hablarle como a cualquier otra persona. En el instante, una Luz entró en el cobertizo y formó una cruz, y de la cruz la Voz me habló en un idioma que yo no entendía; entonces desapareció. Quedé cautivado. Cuando volví en mí, oré de nuevo: “Señor, si eres Tú, por favor ven y háblame otra vez”. Yo había estado leyendo mi Biblia desde que regresé a casa del hospital, y en 1ra. de Juan 4 había leído: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios”.
Sabía que me había aparecido un espíritu, y mientras oraba volvió a aparecer. Luego me pareció como si diez mil libras hubieran sido levantadas de mi alma. De un brinco me paré y corrí a la casa, parecía que corría en el aire.
Mamá me preguntó: “Bill, ¿qué te ha sucedido?” Respondí: “No sé, pero me siento muy bien, y liviano”. No resistí más estar en casa, tuve que salir y correr.
Entendí que si Dios quería que yo predicara, Él me sanaría. Después fui a una iglesia que creía en ungir con aceite y en el instante fui sanado. Fue entonces que vi que los discípulos tenían algo que la mayoría de los ministros no tienen hoy: los discípulos fueron bautizados con el Espíritu Santo y así podían sanar a los enfermos y hacer poderosos milagros en Su Nombre. Entonces comencé a orar por el bautismo del Espíritu Santo y lo recibí.
Un día, después de seis meses, Dios me concedió el deseo de mi corazón. Él me habló en una gran Luz, diciéndome que fuera a predicar y orara por los enfermos, y que Él los sanaría a pesar de la enfermedad que tuvieran. Comencé a predicar y a hacer lo que Él me dijo. ¡Oh, amigo!, no puedo ni comenzar a decirle todo lo que ha sucedido: ojos cegados fueron abiertos; cojos han caminado; sanidades de cáncer, y ha hecho toda clase de milagros.
Un día al final de la Calle Spring, Jeffersonville, Indiana, después de un avivamiento de dos semanas, bauticé a 130 personas. Era un día caluroso de agosto y cerca de 3.000 personas estaban presentes. Estaba para bautizar a la persona número 17 cuando de repente oí de nuevo esa Voz apacible que dijo: “Mira hacia arriba”. El cielo estaba como bronce ese caluroso día de agosto. No había llovido por cerca de tres semanas. Oí la Voz de nuevo, y por tercera vez volvió a decir: “Mira arriba”.
Levanté la mirada, y del cielo venía una gran estrella brillante, de la cual no les había dicho pero que muchas veces había visto. En ocasiones les conté a personas que aparecía y sólo se reían y decían: “Bill, sólo es tu imaginación; o, tal vez estabas soñando”. Pero, gloria a Dios, esta vez Él se hizo visible delante de todos, pues se me acercó tanto que ni siquiera pude hablar. Después de unos segundos pude gritar, y muchos levantaron la mirada y vieron la estrella justamente sobre mí. Algunos se desmayaron mientras que otros gritaban y otros huían corriendo. Entonces la estrella regresó al cielo y el lugar donde había estado era como de quince pies cuadrados [1,3 Mts2]